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Son mexicanos, son indígenas y también son mayas, tzotziles, nahuas, otomíes, totonacas, tzetzales, mazahuas, popolucas, mazatecos, zapotecos, mixtecos, purépechas, huicholes, mayos, seris y muchos más hasta sumar 62 lenguas indígenas, además  de sus diversas variantes que son producto de culturas originarias de su territorio.

 

Las niñas y los niños indígenas heredan de sus padres, de sus abuelos y de su entorno, una enorme variedad de saberes y sensibilidades que se expresan en conocimiento y relación con la naturaleza, en historias, mitos y leyendas, en música, canto y danza, en hábitos de cocina y en objetos de arte, en sus ropas y en sus rostros. Son el rostro pluriétnico y pluricultural de México.

 

Pero también son el rostro, de la pobreza, del rezago, del hambre y sobre todo de la desigualdad en nuestro país. Una muestra de ello es que el trabajo infantil en zonas indígenas se acentúa mucho más que en el resto del país. Al parecer las niñas y los niños indígenas se incorporan al trabajo a una edad más temprana que el resto de la población infantil.

 

Sucede lo mismo en el terreno de la educación. En las pruebas de aprovechamiento escolar aplicadas a niñas y niños de sexto año de primaria, la diferencia de los puntajes promedio entre primarias privadas y las indígenas suele ser considerablemente alta. Factores como el grado de hacinamiento, la disponibilidad de libros, el nivel educativo de la madre, la infraestructura educativa, entre otros, influyen en los rendimientos educativos de la población infantil indígena.

 

El reto es cada vez mayor, en la medida que los logros más significativos a nivel nacional, dan cuenta de avances en aquellos grupos infantiles de la población, que si bien no veían cumplido en plenitud sus derechos, por lo menos se acercaban a lograrlo. Los promedios nacionales se incrementan, en la lógica de que los que están bien estén mejor y de que los que estén regular estén bien, a costa de que los grupos más vulnerables, como son los indígenas, estén menos mal.

 

Las medidas para garantizar los derechos de niñas y niños indígenas no requieren de agregar más programas a una lista, que actualmente es excesiva sino de una apuesta política que involucre a los tres niveles de gobierno y  las organizaciones de la sociedad civil, para realizar cambios estructurales que posibiliten que la brecha de la desigualdad sea menos profunda.

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